Comentario del libro: El prójimo, de Isidoro Vegh – Por Sandra B. Sarbia

Autor: Sandra B. Sarbia

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El siguiente es un comentario de texto realizado para el portal www.elsigma.com sección Lecturas en Julio de 2002. Pueden encontrarlo en https://www.elsigma.com/lecturas/el-projimo-de-isidoro-vegh/2195

Isidoro Vegh recurre a relatos que tienen ya más de dos mil años de vigencia, provenientes del Antiguo Testamento, de la Biblia, de la tragedia griega, para dar cuenta que si han perdurado durante tanto tiempo (y aún continúan asombrándonos y estremeciéndonos) es porque algo de nuestro ser está allí implicado, algo de lo real que nos habita.

El texto recorre la máxima «amarás al prójimo más que a ti mismo» bajo la pregunta acerca de su contenido y aquello que toca de la estructura subjetiva como para ser sostenida por el cristianismo durante más de dos milenios.

Mandamiento que incluye a todo otro, sin discriminación: amigo o enemigo; de tu pueblo o de otro, y que excede la dimensión de la justicia.

Y, diferenciando ese «ti mismo» del yo, intentará acercarnos distintas modalidades de lo que por la vía del prójimo se nos presenta.

Otras dos frases laten en el texto, que «el otro es condición para que haya la estructura de un sujeto» como encarnadura del Otro. Y que «el prójimo es la inminencia intolerable del goce» con la que Lacan ya nos había inquietado. 

Lacan, en el seminario acerca de la ética dice que la máxima «amarás a tu prójimo como a ti mismo» resume en ese mandamiento toda la moral y la ética cristianas, pero para afirmar que «el otro es la inminencia intolerable del goce»  Lo que sonaría bastante extraño e inaceptable para algún teólogo cristiano e intranquilizante para algunos otros oídos. Frase que enardecía a Freud ya que resulta difícil amar al prójimo cuando éste me ultraja, me quita, me molesta o me es indiferente. Cuando la relación con el otro está marcada por la ambigüedad y por lo tanto no exenta de hostilidad.

Es cuando el otro es invocado que adviene como prójimo.  Esto no resulta tranquilizador tomando en cuenta los dichos de Lacan, ya que cuando el otro acude, no llega desprovisto de goce. El encuentro con el otro implica un tope: no puedo poseerlo, algo del otro se me escapa y es su opacidad en cuanto al goce propio que le resta. Eso me es ajeno.

Presenta el texto, diferentes concepciones históricas que intentaron recortar las relaciones entre el sujeto y el otro,  planteos que fueron configurando desde una supuesta independencia del sujeto respecto del otro hasta la necesaria relación con el otro para constituirse como sujeto.

Toma el vector de la dependencia de un otro que ha llevado al psicoanálisis a conceptualizar al Otro primordial sin el cual el infante no podría sobrevivir en el auxilio de las primeras necesidades (acción específica que realiza necesariamente un adulto, en Freud)

Ahora, este lugar que encarna el otro proporciona el alivio a los primeros requerimientos pero lo hace llegando con lo que pide (demanda mediante) y lo que resta (deseo, imposible de nombrar)  Y esto es determinante para el niño ya que no sólo necesita alimento sino también que alguien desee que él se alimente.

Necesaria dependencia del deseo del Otro, deseo del cual no podrá independizarse.

Será luego necesario que desde la mirada, el otro me diga dónde ubicarme para encontrarme en algún sitio. Si necesito de la mirada de otro para constituirme como sujeto, ya no podré verme libre de eso que me constituyó.

El otro adquiere así el lugar de lo necesario para la estructuración del sujeto.

Ahora, no es lo mismo si ese Otro que me habita me reconoce o no, confirma o niega mi existencia, me distingue o no, por esto, serán preguntas que inevitablemente me ligarán a los que vayan a ese lugar.

Invocamos al otro desde nuestra falla (no desde nuestra falta) para que acuda a repararla. I.Vegh toma el término reparación desde el psicoanálisis pero diferenciándolo del uso que le da M. Klein (quien postula la reparación como aquello que remite al encuentro con la totalidad del cuerpo de la madre y piensa un final de análisis coincidiendo con la salida sublimatoria que conseguiría reparar ese cuerpo)  El autor lo sitúa como reparación del nudo que permitiría el encuentro con la falta y así la descompletud del Otro. En esta línea, a la máxima «amarás a tu prójimo» le continúa: pero no por caridad, sino porque es parte tuya cuando repara tu nudo. Cuando el prójimo anuda bien nuestro nudo nos ayuda a constituirnos, a reencontrarnos con una dimensión de nuestro ser.

Reparación del nudo que implica una pérdida de goce.

Nos introduce en la tragedia griega, con Medea. De cómo lo siniestro está dado por el des anudamiento del orden simbólico, allí donde el amor de Medea por sus hijos culmina con lo que tiene de horroroso el desenlace de la tragedia. Ruptura del orden fálico a través del relato de Medea, una madre que mata a sus propios hijos cuando la cultura pone en estatuto de valoración al amor materno. No se espera que una madre  mate a sus hijos, ¿por qué podría una madre matar a su propio hijo si éste viene al lugar de falo para ella?

Medea nos dice que un hijo para una madre no va solamente al lugar del falo que la completaría, ese algo más toca un punto de real, dice Medea: «son carne de mi carne», esos hijos también la afirman como viviente, en su propia existencia  ¿Es que no encuentra en ellos su sustituto fálico sino solo la extensión de su ser?

Una madre vive la pérdida de un hijo como si le arrancasen o mutilasen un pedazo de su propio cuerpo, algo real se juega en esa relación que la afirma en su ser.

Ellos son carne de su carne, por lo que se siente autorizada a matarlos con sus propias manos, según ella misma dice. Amor real de una madre para quien su hijo es carne de su carne.

De esta manera I.Vegh nos conduce a pensar que este amor real está en el origen del encuentro con el prójimo.

Hay transmisión real de su amor, esas primeras palabras que el otro le dirige al infante entran en tanto voz, sin escansión aún. Otro tanto pasa con la mirada.

Ahora, ¿para qué todas estas reflexiones si desde el psicoanálisis partimos de que «el Otro no existe» a pesar que el neurótico se empeñe en sostener  lo contrario?  Si justamente un análisis nos pone en la pista de cierta «exhaustación del Otro» (agotamiento) y nos descubrimos comandados por lo real de la pulsión más que por un Otro.

Cito textual: «Cabe decir que un análisis consiste en el pasaje que va de un Otro al otro -ese otro con minúscula que es el objeto a-.  No obstante, a mi entender, ese otro no se reduce a la dimensión del objeto a, ya que aprehender su eficacia -en primera instancia, la de un paquete de goce, para terminar siendo la de un vacío- supone descubrir la inexistencia del Otro, y la necesaria invocación del otro… trayecto por el cual el sujeto sale de su fijación fantasmática al objeto de goce del Otro»

Un análisis irá del Otro a la necesariedad del otro. Apuntará a la «exhaustación del Otro», a que el sujeto pueda advertirse que el Otro es inexistente y que otro lugar marca su destino: su sujeción a la pulsión, imposible de exhaustación. Y la pulsión exige satisfacción como fuerza constante, aunque algo de ello pueda cederse.

Su cuerpo está habitado por la pulsión, por las marcas que el Otro imprimió desde su incompletud.

La dirección de la cura apunta al atravesamiento del fantasma para que pueda producirse la caída de la identificación del sujeto al objeto de su fantasma. Para, por vez primera, tener un acceso adecuado a la pulsión. Después de la ubicación del sujeto en relación al a, deviene la pulsión.

¿Qué hace el sujeto con el goce luego de atravesado su fantasma siendo que la pulsión sigue allí?, ¿Cómo distribuirá ahora su goce, luego de abandonar la manera privilegiada que tuvo hasta aquí de acuerdo a su fijación fantasmática?

Retoma a Lacan, quien propone para un final de análisis, luego de haber recorrido una y otra vez hasta que el sujeto pueda advertir las maneras en que el goce capta su cuerpo y los modos en que invoca al otro al lugar de prójimo, llegar al punto de la DURCHARBEITEN (elaboración en castellano)

Advertir las diferentes formas en que el goce entrama la relación con el otro, más allá de la relación simbólica que lo liga a cada uno de esos otros, ya que «nuestra estructura no se abrocha sin la distribución de goce que el otro nos propone»