Comentario del libro: Los ojos de Laura, de Juan David Nasio – Por Sandra B. Sarbia

Autor: Sandra B. Sarbia

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El siguiente es un comentario de texto realizado para el portal www.elsigma.com sección Lecturas en Abril de 2002. Pueden encontrarlo en https://www.elsigma.com/lecturas/los-ojos-de-laura-de-juan-david-nasio/1923

J.D.Nasio nos conduce al tema que tratará en el texto con el relato de una escena que transcurre finalizada una sesión de análisis. Momentos después de ésta, sale a recoger la correspondencia al pasillo de su consultorio y encuentra a su paciente esperando el ascensor, llorando. Nada en la entrevista le había hecho presagiar ese llanto. Luego de un cruce de miradas, regresa, habiendo quedado capturado en esa mirada. Algo le deja diciendo: no he visto a alguien llorando, he visto unos ojos llorando.

Unos ojos llorando que abren, desde el relato de la paciente en la próxima sesión, una serie inaugurada en la infancia. Y una línea que liga retazos armando a la vez una historia.

Una tristeza condensada en eso que se deja caer: unos ojos llorando, localizada en una mirada que hace y actualiza la transferencia entre los participantes de esa cura.

Dedica una primera parte del texto a la transferencia. Da a la experiencia psicoanalítica el estatuto de aquel espacio donde se habrá de producir y espera un acontecimiento, momento único y repetible en el transcurso de una cura. No propiamente acción, sino más bien el despliegue de una formación inconsciente. Acontecimiento que pone al analista en una posición de espera activa, ya que cuando el inconsciente llega como acontecimiento, hay transferencia.

Y ubica la apertura del inconsciente en el acontecimiento mismo, en ese mismo momento. Plantea la existencia de un solo inconsciente, ni del paciente ni del analista sino como nudo entre paciente y analista, aquel que se abre al tiempo del acontecimiento en el espacio del análisis.

Describe a la interpretación como formación del inconsciente, surgiendo en el momento que el analista dice sin saber lo que dice (y por lo tanto apertura del inconsciente), aunque no sin saber lo que hace. El momento de la interpretación es aquel en que domina el goce y esto no podría ser sin haber hecho antes, silencio para sí, para alojar ese goce excesivo.

Y sabemos que, freudianamente, la interpretación se mide por sus efectos. Nasio recorre el camino de una interpretación: aquello que va directamente al olvido, y como tal dispuesta a producir efectos que  retornarán bajo la forma de formaciones del inconsciente: un lapsus, un sueño, un síntoma.

Nuevo momento de apertura del inconsciente. Apertura y cierre marcan la irrupción misma del inconsciente.

En su cara imaginaria, la transferencia no solamente hace vínculo tejiendo una historia de amor y  odio sino también de ignorancia. El conjunto de prejuicios y suposiciones con que llega el paciente se dirige a un Otro. Se instala que hay un saber y que hay Otro que sabe. El paciente demanda al analista con formas singulares, le dirige su pregunta. Transferencia que se organiza buscando causas, un por qué (por qué sufro, por qué me pasa esto). Hay un saber y alguien que sabe.

Pero es Otro el que sabe.

Es en la segunda parte donde se halla el núcleo del texto: sus formulaciones sobre las formaciones de objeto a. El objeto a es el nombre inventado por Lacan para dar cuenta de un gozar inconsciente, hecho que hace a la experiencia psicoanalítica. La cuestión a abordar es ¿cómo ese objeto extra – cuerpo retorna al sujeto? Nasio propone la expresión formaciones de objeto, que viene conceptualizando desde sus seminarios del año 1981, para intentar describir una realidad perceptible que llega bajo la forma de manifestaciones que son de otro orden respecto del inconsciente: el pasaje al acto, la alucinación, la lesión psicosomática.

Aunque las formaciones del inconsciente así como las formaciones de objeto hacen y actualizan la transferencia, lo hacen de manera diferente. Las primeras son del orden de un decir, de una puesta en acto significante (los significantes circulan entre paciente y analista); y las segundas del orden de un hacer, un sin palabras. Ubica a ambas formaciones como excéntricas a la pareja analítica: el sujeto – dice sin saber lo que dice – así como – hace sin saber lo que hace -.

Siendo que el objeto a es un nombre que responde a una pregunta abierta, una formulación que intenta cercar al goce; y el goce la satisfacción particular que experimenta el ser sometido a los efectos inconscientes, Nasio ubica cada formación de objeto a como una forma de aprehender al objeto que se localiza en un extra – cuerpo. Como modalidades de retorno del objeto.

Ahora clínicamente ¿cómo aprehender un goce que no se ve, en torno a un objeto inasible? Y ¿cómo se presenta el retorno del objeto en la experiencia del análisis?, son preguntas que Nasio intenta responder ordenando minuciosamente la cuestión. Y es en este punto donde ubica las formaciones de objeto distinguiendo según la naturaleza del medio y del sujeto que acoja el objeto.

Un medio forclusivo produce diferentes maneras de retorno respecto de un medio represivo, siendo que siempre se responde con lo que se tiene para responder, con lo posible de la estructura.

Con cierta originalidad confina la forclusión no sólo al campo de las psicosis ya que considera que hay fenómenos locales regidos por este mecanismo (al que llama forclusión local) que configuran una realidad local. Retoma de esta manera la noción freudiana de parcialidad para dar cuenta de fenómenos regidos por la acción de un mecanismo que afecta sólo a una porción de realidad. La afección puede ser local y por lo tanto la pérdida parcial.

De esta manera encuentra que en un sujeto coexisten realidades locales, algunas estructuradas por represión y otras por forclusión. No incompatibles entre sí aunque diferentes. De esta manera podríamos explicar un síntoma (como formación del inconsciente) en un sujeto que en otro momento sufre de alucinaciones (como formación forclusiva).

Ahora todas las realidades están dominadas por el hecho de gozar y esto nos llega al consultorio.

El goce no pertenece al orden del tener sino al del ser. El sujeto no tiene un goce sino que lo es al tiempo que desaparece. Al ¿quién goza? Responde: nadie, puesto que el sujeto se ha disuelto.

Y por último, en la tercera parte intenta mostrar el interés clínico que la geometría lacaniana tiene para el Psicoanálisis para dar cuenta de los conceptos. Lo hace proponiendo la acepción de topologería para diferenciarla de los principios de la topología clásica. Recorre las cuatro parejas de conceptos que definen la realidad: la demanda y el deseo (figurados por el toro); el sujeto dividido y su decir (banda de Moebius); un significante y los otros (botella de Klein) y el sujeto en su relación con el objeto (cross-cap).

El texto continúa con el estilo habitual de J.D.Nasio, llano pero no carente de densidad. Da cuenta de haber tomado y amasado hasta hacer suyos los textos de Freud y Lacan dando lugar a verdaderas creaciones.

Un escrito claro, como otros tantos del autor. Salvo cuando abre la geometría lacaniana, que resulta hasta a «Los ojos de Laura», obscura.