El acompañar en la formación del acompañante terapéutico *

Autora: Lic. Sandra B. Sarbia

E mail: informes@at-lazos.com.ar

*El presente texto fue publicado en la Revista Imago Agenda, ediciòn Nº 149 del mes de mayo de 2011, «La función del acompañar”.

Acompañar, «…estar o ir en compañía de otro… participar en los sentimientos de otro… (en música acompañar es) el sostén armónico de la melodía”(1). Esto último cobra relevancia cuando acompañamos a una persona a quien le cuesta sostenerse por sus propios medios, subjetiva u orgánicamente.
Nuestro oficio es el de acompañar. En principio acompañar el proceso terapéutico de quien acude con una demanda, se irá dibujando en el recorrido qué habrá que acompañar, estrategia y táctica mediante.
¿Qué tratar y de qué tratarse?
Nos decía S. Freud, los neuróticos se encuentran con complicaciones al momento de amar y de trabajar, no lo logran, se hallan incapacitados(2), inhibidos. Entonces, si un recorrido por un análisis puede acompañar a la persona a ampliar los horizontes del amor y del trabajo, teniendo en cuenta las posibilidades de quien acompañamos produciendo con lo mismo, una nueva escritura, se esboza una ganancia.
Acompañar a un paciente por esta travesía requiere extrema paciencia, transcurrirá un tiempo y habrá un trabajo que hacer (no sin dolor y cesión de ese dolor) que atravesará el espacio analítico.
Una de las caras del acompañar, entre otras, ubica y recorta la función del acompañante terapéutico (At).
El Acompañamiento Terapéutico (AT) en Argentina surge alrededor de 1960(3), momento en que algunos profesionales fueron comenzando a utilizar una figura nueva para acompañar diferentes procesos terapéuticos. Rol que se gesta de la mano de movimientos de desmanicomialización que se dan a nivel mundial y con el afán de evitar las consecuencias que el encierro producía en quienes atravesaban procesos de internación psiquiátrica. Fue abriéndose una ruta que se transita hasta la actualidad con numerosos aportes teóricos fundados en la práctica instrumentada. Nos cuenta el Dr. E. Kalina «…recién en 1970 creé el rol de amigo calificado, como resultado de la necesidad de contar con más recursos para tratar adolescentes con problemas…”(4) un rol que no agotaba su campo en las acciones recíprocas propias de la amistad sino que se fundaba en la asimetría.
Se gestó un rol a partir de la necesidad de contar con más posibilidades para tratar pacientes de difícil abordaje y por la insuficiencia de los tratamientos convencionales. Hoy la perspectiva laboral para el At amplía el abanico de posibilidades, es llamado para acompañar situaciones que presentan dificultades de mayor o menor complejidad.
Desde entonces, el At viene haciendo camino aportando desde su inserción en una estrategia de trabajo terapéutico que otros profesionales delinean, trabajando en torno a las indicaciones que recibe. Algo más que acompañar ya que su labor estará inserta en una estrategia terapéutica. Así, desplegará su táctica para meterse con aquello que le indicaron inserto en la cotidianeidad del paciente.
Sus modalidades de inserción abarcan tratamientos ambulatorios; procesos de internación y/o externación; internación domiciliaria; en la reinserción o inserción laboral, educativa, social, familiar. Se desempeñará en diferentes ámbitos: clínico, residencial, forense, educativo entre otros (práctica privada y pública) y con personas de diferentes edades.
Acompañar desde el AT, teniendo en cuenta la perspectiva psicoanalítica, será acompañar desde una terapéutica posible para intentar producir efectos de sujeto, acompañando el proceso terapéutico que se pone en juego a partir de una demanda.
Para un mejor desempeño de su función, hay espacios de formación para el At que le permitirán trabajar de la mejor manera posible: el propio análisis; la teoría en que base su quehacer; el espacio de supervisión al que acuda.
El espacio terapéutico de la persona del At le ayudará a ubicarse de una mejor manera frente a aquello en lo cual interviene desde su función y con lo que trabaja.
El marco teórico en que sustente sus intervenciones(5) dará lugar a diferentes posicionamientos respecto de la orientación de su trabajo, aunque tenga en cuenta la estrategia que comande ese proceso terapéutico.
La supervisión del AT será ese espacio donde el At podrá volcar sus dudas en cuanto a lo clínico y a su posicionamiento respecto de aquello con lo que interviene. Acompaña al acompañante.

A través de una viñeta clínica quiero reflejar la función del acompañar, en un espacio de prácticas respecto de una instancia de formación del At.
En el marco de una cursada de AT(6), y luego de un recorrido teórico, una alumna iniciaba su tiempo de prácticas acompañando a una paciente que recién comenzaba su tratamiento conmigo.
Susana había llegado a mi consultorio, acompañada de su mamá. Llegan a una primera entrevista juntas e ingresan a mi consultorio ¿pegadas, unidas, una sola persona? La mamá me cuenta que su hija (27 años al momento de la consulta) sale de una breve internación en una clínica psiquiátrica y el motivo principal de ésta: «…ella siempre tuvo muchos miedos…hace cosas raras”. Puntualmente hace un tiempo, luego de una pelea fuerte con su papá, Susana había salido corriendo por los techos de su casa argumentando que querían ponerle una inyección, motivo por el cual se produce la reciente internación.
Las acciones raras de Susana son explicadas por su mamá como producto de sus miedos.
Susana no dice una palabra, mira a su mamá mientras ésta cuenta acerca de ella refiriéndose discursivamente como si no estuviera presente. Intuyo que esta mamá hace todo por su hija (hasta habla por ella). Corroboraré esto con los relatos de mi paciente en lo que sigue del tratamiento, aunque ya haciendo lugar a su palabra. Es así que durante algún tiempo, al despedirnos en cada entrevista, salíamos al palier a tomar el ascensor y ella esperaba que yo lo llamase (cruzada de brazos). En algún momento empecé a cruzarme también brazos, entonces ella se sonríe, se descruza y hace el movimiento para llamar el ascensor. Parece que cuando el otro no hace por ella, se mueve.
En esa primera entrevista, en algún momento, interrumpo el relato descriptivo de esta mamá y le pregunto a Susana si ella admitía lo que estaba escuchando. Su respuesta fue una afirmación gestual y tres escasas palabras: «sí…tengo miedos”.
Me parecía que había que abrir un espacio a solas. Le pido a esta mamá si puede aguardar afuera porque quería hacer algunas preguntas a Susana.
Ya a solas, me pregunta si cerramos la puerta del consultorio, afirmo y cierra la puerta. La interrogo acerca de sus miedos y empieza a contarme: «…tengo miedo porque mi papá quiere matarme, lo intentó varias veces pero no pudo… los otros días quiso ponerme una inyección con veneno…yo salí corriendo por el techo para salvarme…después me salvó la policía que vino a buscarme y me internaron…” Esta «acción rara” cobraba sentido, tenía una explicación en su lógica.
Le pregunto por qué piensa que su padre quiere matarla y me cuenta: «porque camino mal, no tengo trabajo ni amigas…tengo mucho miedo de que me mate…”
La interrogo acerca de su venida, acompañada de su madre y si sabía viajar sola. Me responde que ella no viaja sola y gestualmente que no sabe por qué. Esta respuesta gestual indicando no saber, se repetirá frecuentemente, es su mamá la que sabe casi todo acerca de ella.
Es así que iniciamos una travesía por el camino de sus miedos, de fondo «su padre quiere matarla” pero esto, toma diferentes ideas persecutorias según el momento del tratamiento (la persigue para ponerle una inyección con veneno; luego de fallecido, su padre deja personas encargadas para cumplir su cometido y podrían ponerle veneno en la comida o quemarla con un cigarrillo)
Decidí recurrir a un At que se encontraba en tiempo de formación y con la finalidad primera de trabajar para que Susana pudiera llegar sola a la consulta (ésta fue la primera y única salida sola que ella hará, durante varios meses)
La primera indicación fue que la acompañase para ubicar qué impedimento tenía para viajar sola. L a At pudo advertir que Susana se recostaba en el otro y no prestaba ninguna atención al asunto.
La At empezó pasándola a buscar por su casa para tomar el colectivo que las traía a mi consultorio, ubicando con ella qué línea de colectivo las traía, las calles por las que pasaba, la cercanía de la parada donde debían bajarse, qué había precisamente la parada anterior, la necesariedad de tocar el timbre antes para no pasarse, hacia dónde caminar al bajarse, la dirección precisa de mi consultorio. Y de a poco delegándole esos detalles.
Después de un mes y medio, ella estaba viniendo sola sin mayores dificultades. Le sugerí que llevase consigo anotado mi teléfono para llamarme si algo le ocurría y también mi dirección para preguntarle a alguien si fuera necesario.
Cercano a esto, un rato antes de una entrevista, me llamará para decirme que no va a asistir porque está lloviendo. Le sugiero que tome el paraguas, un buen abrigo y que venga igual, que la iba a esperar. Sin presentar resistencia, cuelga el teléfono y acude.
En alguna ocasión llega veinte minutos tarde, me cuenta que se perdió pero preguntó a un diarero como llegar y éste le indicó. Otra vez, viniendo de otro lado, minutos antes de su sesión, me llama por teléfono contándome que estaba perdida y no sabía como llegar. La oriento y puede llegar. Está contenta con viajar sola.
Me preguntaba ¿perdida para quién?
Un poco más adelante, la At comenzó a implementar el uso de una guía para buscar calles con medios de transporte y poder trasladarse.
Después de varios meses de trabajo, ella puede viajar sola donde sea que vaya. Concurre a diversas actividades: toma clases de canto, asiste a talleres, ayuda a su hermano en una actividad laboral, aunque le cuesta sostener lo que hace.
En este punto, si bien hay muchas otras cuestiones para las que seguimos acompañando a Susana, ella puede prescindir de ser acompañada. Aquí ya puede sola, no necesita que el otro la lleve o traiga, puede ir y venir sola.
Entonces ¿hasta cuándo acompañar a un paciente?
Retomando palabras de cierre expresadas en la 2° jornada de AT(7) «…trabajamos para que el paciente no nos necesite más…”(8).
Incluido en la estrategia del inicio del tratamiento, el At acompañó en lo cotidiano favoreciendo un intento de separación teniendo en cuenta lo posible.

Desde mi quehacer en el ámbito de la formación del At, supervisar al alumno: en la inclusión institucional, en el desarrollo del AT, en el tiempo de cierre y despedida, implica acompañarlo (de alguna manera) en sus primeros pasos, con la idea que éstos resulten en un aprendizaje para él, al tiempo que su función pueda producir un beneficio sobre la vida del paciente.
Es acompañarlo desde la orientación, en el encuentro con el rol del At al mismo tiempo que con esos profesionales que tienen a su cargo al paciente que empieza a acompañar y con la institución donde se inserta el dispositivo.

(1) Diccionario Enciclopédico Quillet, Tomo 1, Página 46.  Editorial Arístides Quillet, 1964.

(2) Introducción del narcisismo, Página 97. Sigmund Freud, Editorial Amorrortu, 1914.

(3) Las versiones del surgimiento del AT en nuestro país datan de 1960 y ubican a los Dres. García Badaracco, Eduardo Kalina, Julio Moisezsowicz, Juan C. Stagnaro, entre otros profesionales.

(4) Acompañantes terapéuticos, Página 110. Susana Kuras de Mauer y Silvia Resnizky. Editorial Letra Viva, 2002.

(5) En la actualidad existen diversos marcos teóricos en la conceptualización del rol del AT que dan lugar a diferencias respecto de la función de acompañar.

(6) Curso anual de Acompañamiento Terapéutico: Aportes a su conceptualización. Teoría, Clínica y Práctica, dictado en At Lazos.

(7)»2° jornada: La Práctica del Acompañamiento Terapéutico. Un dispositivo de Trabajo”, organizada por la Universidad Argentina John F. Kennedy y At Lazos, 2006.

(8) Diversidades en la Práctica del Acompañamiento Terapéutico, Página 75. Compilación a cargo de Sandra B. Sarbia y Natalia B. Lindel. Editorial Letra Viva, 2010.