Del trabajo de duelo a la función

Autora: Lic. Sandra B. Sarbia

E mail: informes@at-lazos.com.ar

La práctica del Acompañamiento Terapéutico nos enfrenta muchas veces con eso que no fue tramitado en la vida de una persona o con lo que no tiene ligadura. Lo que aún no tiene ligadura o tal vez lo imposible de ligar, diferencia que conviene ubicar para hacer posible algún trabajo. Acompañamos teniendo en cuenta lo posible y lo imposible.

En ocasiones eso pendiente de tramitación tendrá que ver con hacer un trabajo para poder perder lo que se tiene que perder. Un trabajo de duelo, necesario ante la pérdida de objeto.

Del trabajo de duelo freudiano a la función del duelo en J. Lacan, con algunas diferencias. Las concepciones formuladas por S. Freud y los aportes que hace J. Lacan, representan diferentes coordenadas que nos permiten pensar las vicisitudes de un duelo. Intentaré recorrer algunas cuestiones que me parecen importantes con relación a lo que implica un duelo en la vida de una persona.

En «Duelo y melancolía», Freud nos explica que la pérdida a duelar podrá ser cualquier situación que ponga en juego la pérdida de un objeto que haya significado algo para una persona (podemos pensar que tanto la desaparición de un ser querido, un ideal abandonado, una mudanza, un estado o modo de vida interrumpido, un nacimiento, etc.) Y recorre lo que podríamos llamar tres tiempos del duelo, necesarios para tramitar lo que hay que tramitar.

Un primer tiempo donde, habiendo ocurrido una pérdida real, ésta es vivida desde una posición renegatoria por parte del sujeto, tiempo en que aún no es posible aceptar eso como perdido. En ocasión de cada pérdida, será necesario un trabajo que permita hacer ceder esa renegación inicial para dar paso a la posibilidad, trabajo y tiempo mediante, de perder ese objeto.

Un segundo momento donde la libido se deposita en todo aquello que recuerda al objeto faltante, el resto del mundo ha perdido interés para la persona (incluida ella misma). Toda la libido se la lleva el objeto y lo que liga a éste.

Siguiendo un tercer tiempo en el que ocurre un trabajo de simbolización, un desasimiento pieza por pieza para ir liberando poco a poco la libido (camino éste cerrado en el caso de la melancolía). Y llegando hasta lograr perder simbólicamente aquel objeto, como una segunda pérdida. En esta ocasión la libido queda liberada, la persona desinhibida y libre para recatectizar otros objetos.

Freud ubica que este trabajo podrá llevar de uno a dos años, llama a esto: duelo normal.

También nos cuenta que en algunas personas existe cierta disposición enfermiza, aunque el sujeto pueda saber qué perdió en lo que perdió, en ocasiones no puede inscribir su falta. Algo se ha detenido, se encuentra atascado en los tiempos de su tramitación. No puede tramitarse la pérdida, ubica aquí un duelo patológico.

Muerte y sexualidad vuelven a recordarnos que hay lo que «no cesa de no inscribirse».

J. Lacan trabaja la función de duelo, ubicándola como «resorte fundamental de la constitución del deseo», como momento subjetivante. Siendo que un duelo es ese momento singular en que se inscribe un trazo nuevo, creación simbólica que recubre el agujero producido en lo real por la pérdida ocurrida.

En la situación de pérdida real de un objeto se produce un agujero que el significante no alcanza a suturar, un desorden en el orden simbólico, antesala de un duelo. En este momento se precisa algo de una reconstitución significante a modo de tejido que produzca un trazo sobre ese real. Trama a tejer.

La función de duelo permite elevar la pérdida a la categoría de falta, cierta inscripción de la castración. Singular ocasión donde el sujeto puede acceder a un desarrollo de verdad, nunca absoluta, acerca de los tiempos de constitución del objeto teniendo en cuenta los límites de la estructura.

Respecto del desorden significante producido por una pérdida, esta función vendría a subjetivar dicha pérdida. Se hará necesario producir un tejido simbólico sobre el agujero producido en lo real que causó la pérdida que pueda frenar el dolor a nivel narcisista.

En ocasiones se pone en juego la incapacidad del sujeto para disponer de la falta, para efectuar alguna operación simbólica con aquello que es una pérdida real y desestabiliza la estructura. Puesta a prueba para la estructura en la que sucumbe el sujeto si faltan los recursos simbólicos necesarios para atravesar tal prueba.

En «Los tiempos del duelo», A. Dreizzen rescata la importancia para el ser hablante, de todas aquellas inscripciones identificatorias que nombran al sujeto. Desde el nacimiento (acompañado de una partida de nacimiento), hasta la muerte (certificada de un acta de defunción), hay toda una serie de inscripciones que legalizan el lazo del sujeto con la comunidad en que habita. Legalizaciones que por estar inmerso en un mundo forzosamente simbólico, no carecen de importancia para un sujeto.

Al lugar de un intento de inscripción es que van los ritos funerarios, característicos de cada comunidad, intentando nombrar algo de ese agujero en lo real que produce la muerte de una persona. Algún trabajo de inscripción se hace necesario, que lo que murió en lo real, muera en lo simbólico. Una segunda muerte.

Y ubica que allí donde se impiden los ritos funerarios, puede no operar el trabajo del duelo, interrumpirse. La omisión de ese acto de inscripción promueve el detenimiento del trabajo en ese primer tiempo del duelo en que el sujeto reniega de la pérdida. El rito funerario regula así la angustia, aportando una inscripción simbólica sobre el agujero en lo real.

A. Dreizzen nos comenta que en la clínica, un duelo atascado o detenido, se presenta con la presencia de fenómenos que son del orden de un hacer, mostrar, escenificar (una lesión psicosomática, un acting out, un pasaje al acto, algunas adicciones, episodios de anorexia-bulimia, una alucinación), que se repiten en un intento fallido de inscribir lo traumático de la pérdida. 

Fenómenos del orden del hacer en vez de síntomas (como manifestaciones del inconsciente que son del orden de un decir, articulados por la vía significante)

Convertir algo de esos fenómenos en un síntoma bien podría ser una maniobra analítica: que eso que se hace, sea dicho. Que lo que se muestra se articule en un decir, hacerlos ingresar en la trama simbólica. Maniobra no siempre posible.

Siendo que el primer duelo, fundamental en la estructura, es la castración, nos encontramos con que cada duelo reeditará algo de este orden. Cada nueva pérdida reactualizará algo del objeto irremediablemente perdido (perdido desde la experiencia para Freud y por estructura, para Lacan) 

Si la inscripción de la castración siempre resulta en algún modo fallida, nos indica que algo de esta falla retornará insistiendo, de diferentes maneras en la vida de un sujeto. Cada duelo hará necesario que se transite una castración de goce para perder lo que hay que perder.

Una paciente que acompañé durante 40 días, parte de su estadía en un geriátrico, sufría de problemas en su memoria (padecía de un tumor alojado en la cabeza que causaba esta pérdida de memoria): los recuerdos se le esfumaban así como se le esfumaba mi nombre cada vez que nos encontrábamos.

Mientras la acompaño descubro que hay algunas cosas de su interés de las que conserva vívido recuerdo: los colores y las texturas de las cosas. Había trabajado toda su vida, junto a su marido, en un comercio de su propiedad donde vendían telas.

En algún momento me cuenta riéndose: mi hija dice que de las cosas que me gustan, me acuerdo… Al mismo tiempo dice que lo que más le duele es no acordarse de la muerte del marido y de su madre aunque en este momento, sabe que han muerto, no puede recordar de qué fallecieron ni las circunstancias que bordean estas muertes.

Me dice mi única ilusión es sentirme bien para poder estar con mis hijos… tengo ganas de morirme porque no sé cómo hacer para sentirme mejor… no sé cómo voy a hacer cuando vuelva a vivir a mi casa porque tengo miedo de salir a la calle y perderme.

Dice  estoy cansada de los movimientos de la vida. Está triste, dice  me siento un pobre diablo… haber trabajado tanto en la vida y terminar así…

Pareciera (además de sus problemas orgánicos) haber más de una situación donde algo de la pérdida se ha puesto en juego: la muerte de su marido, la de su madre; la memoria; el tiempo del movimiento que acompaña a épocas de trabajo.

Pérdidas que no parecen haber encontrado tramitación. Un trabajo a hacer desde lo subjetivo aunque no sepamos qué será posible para ella y qué no. No sin considerar lo orgánico.

Todo el trabajo durante el acompañamiento se concentró para mí en trabajar con los pocos jirones de memoria que había (buscamos fotos familiares con las que reconstruimos algo de lo que faltaba); en hacer lugar al dolor de existir aunque apuntando a perderlo; en intentar ubicar aquello que aún la mantiene viva: los colores, las texturas; y en acompañarla en sus salidas del geriátrico.

Trabajamos con los colores de las cosas y sus texturas, aprende a reconocer sitios tomando en cuenta sus colores. Hacia final del acompañamiento ella se alegra al verme, no recuerda mi nombre aunque sí me reconoce por el color de mi saco.

También yo me alegro, algo se produjo.

Bibliografía:

Duelo y melancolía, S. Freud, T. XIV
Los tiempos del duelo, Adriana Bauab de Dreizzen. Remitimos al Comentario del libro, en el portal www.elsigma.comttps://www.elsigma.com/lecturas/los-tiempos-del-duelo-de-adriana-bauab/2104

Junio de 2006